El vestuario de Frida: un lenguaje personal

De Frida Kahlo: La gran ocultadora
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Incluso cuando era tan solo una niña, la ropa era un lenguaje personal para Frida esencial a la elaboración de sus distintas personalidades. A lo largo de su vida empleo un extraordinario abanico de trajes, como si hiciera un repaso de una lista interminable de los accesorios y disfraces que utilizaban los fotógrafos de retratos; comenzando por los overoles que llevaba de niña, que en aquella época no solían usar las chicas de clase media, así como botas, corbatas y gorras blandas, prendas masculinas, trajes de época de terciopelo y seda, pantalones de mezclilla y trajes típicos de todas las regiones de México.

Su primer personaje lo creo a los catorce años, cuando se matriculo en “prepa”, en la Escuela Nacional Preparatoria, donde era una de las treinta y cinco niñas que había entre los dos mil estudiantes. Frida se unió enseguida a un grupo de estudiantes inteligentes pero arrogantes a los que se conocía como los “cachuchas” por las gorras grandes y con visera que solían llevar. Se trataba de una pandilla de muchachos alegres y traviesos que disfrutaban provocando y que fanfarroneaban con sus bromas ingeniosas y mordaces, un sentido del humor que Frida compartió y empleó desde entonces en su correspondencia y en su conversación.

Photo por Guillermo Kahlo

El accidente que sufrió cuatro años más tarde y los meses que paso encerrada en casa convaleciente pusieron punto final a la identidad “cachucha” de Frida. Salió de este periodo convertida en una joven seria en busca de su identidad religiosa y sexual. Ya había tenido su primera experiencia homosexual, aparentemente con una profesora de la escuela. Leía ávidamente sobre el judaísmo y el cristianismo y recibió la confirmaci6n en la Iglesia católica romana. En esa época utilizaba ropa sombría con un toque renacentista de materiales lujosos y enormes cruces, y libros de caligrafía gótica como accesorios; hasta que, de repente, hizo una aparición estelar en un retrato de familia vestida con un traje de hombre de tres piezas, camisa y corbata…

Las fotografías que su padre fotografo tomó de su hija adolescente la muestran en busca de una identidad, probándose diferentes disfraces que adoptaría o descartaría luego, a lo largo de su vida. La ropa que lleva en estas fotografías es un reflejo de los cambios que estaba sufriendo en su interior. En algunas de ellas aparece con prendas masculinas, una señal de su ambivalencia sexual, y en todas tiene una expresión extremadamente seria. Se diría que está siguiendo la sentencia que adoptó como lema desde su accidente: “…Sabía que el campo de batalla del sufrimiento se reflejaba en mis ojos. Desde entonces, empecé a mirar directamente al lente, sin parpadear, sin sonreír, decidida a mostrar que iba a luchar hasta el final”.

Dos de los retratos de Guillermo Kahlo de Frida en su juventud ilustran a la perfección las batallas que se libraban detrás de esa mirada tan directa. Con Frida Kahlo a los 18 años, 1926, descubrimos que la artista ha emprendido la búsqueda de una nueva imagen. Ha abandonado el aspecto masculino con corbata y pelo corto de Frida Kahlo de estudiante, c 1923 y se anuncia la joven “pre-rafaelita”, elegantemente ataviada con terciopelo, el dobladillo bordado, símbolos esotéricos en el pecho, medias de seda y zapatos de hebilla, mientras sujeta unos libros ricamente encuadernados entre sus manos, largas y afiladas. No lleva ninguna joya, excepto lo que parece ser una alianza de oro en el dedo índice de la mano izquierda…

Photo por Guillermo Kahlo

Frida sentía curiosidad por la religión y parece haber tenido dudas respecto a si era católica o judía. ¿Compartía la religión de su padre o la de su madre? Es una decisión complicada para una chica joven. Leía, probablemente en secreto, los libros de su padre sobre la Cábala, y quizá alguno de ellos está en su regazo. Asimismo, en aquella época devoraba ávidamente las biblias de su madre. En Retrato familiar con Frida Kahlo, 1928, la hija obediente está de pie detrás de su madre con un semblante solemne, casi severo, y un gran crucifijo colgándole del cuello. En la época en que se tomó esta fotografía, enero de 1928, Frida era católica practicante, y se confesaba y comulgaba como lo hacían su madre y sus tres hermanas. Ahora bien, como demuestra otra imagen que se tomó el mismo día, en esta fotografía no se aprecia que el vestido que lleva Frida bajo el pesado crucifijo es, en realidad, una túnica bastante atrevida que le llega muy por encima de la rodilla…

Cuando se recuperó del accidente y reinició su vida social, Frida comenzó a interesarse más por la política revolucionaria que por la religión y se unió a la organización juvenil del Partido Comunista Mexicano. Entonces, su armario se llenó de sencillas faldas de lino, blusas de corte marcial, chaquetas de cuero y pantalones, como parte de su nueva imagen de militante en las filas del proletariado. Así aparece en una fotografía que Tina Modotti le hizo a ella y a sus colegas artistas desfilando en una manifestación el Primero de Mayo de 1929.

Photo por Carl Van Vechten

Pero, fue más tarde en ese mismo año, al casarse con Diego Rivera, cuando Frida desarrollo la imagen central de la leyenda en la que acabaría convirtiéndose. Ella misma lo explica en una entrevista en el periódico Excélsior: “En otra época me vestía como un chico, con el pelo rapado, pantalones, botas y chaqueta de cuero. Pero cuando fui a ver a Diego me puse un vestido tehuana. Nunca había estado en Tehuantepec … ni tenía ninguna relación con el pueblo, pero es el que más me agrada de todos los trajes típicos mexicanos, por eso lo llevo”.

Diego había visitado por primera vez el istmo de Tehuantepec diez años antes y quedo fascinado por la rica tradición cultural de la zona. Le impresionaron muy especialmente las majestuosas mujeres de la región y sus magníficas ropas indígenas. Cuando regresó a la Ciudad de México las representaba en sus murales, un detalle que probablemente fue decisivo para Frida cuando decidió adoptar esa vestimenta. Al adoptar el traje de tehuana, Frida no solo adquirió una nueva imagen, sino que también se creó una identidad nueva. Desde ese momento la ropa indígena se convirtió en un símbolo de sus raíces mestizas, mezcla de sangre indígena y europea, y fue entonces cuando nació una nueva Frida, totalmente mexicana. Una Frida que no solo rechazaba todo lo europeo, sino que también glorificaba el pasado prehispánico de México.

Photo por Gisèle Freund

Llevaba esa ropa por motivos políticos, porque la identificaba con la Revolución Mexicana y su deseo de dotar de dignidad y de tierras a los pueblos indígenas de México. Otra razón es que el traje de tehuana, con sus faldas de suelo y sus blusas entalladas, sus colores alegres y su gran variedad de diseños, materiales y bordados, es uno de los más hermosos del mundo. Y en el caso de Frida, la ropa indígena le permitía esconder las marcas que le habían dejado la polio y el accidente en las piernas y los pies. Además, hacia un contraste perfecto con Diego, su feo “príncipe rana” quien, por mucho que adorara todo lo folclórico, jamás se puso un traje indígena.

Cuando la madre de Frida murió repentinamente en 1932, Frida sintió un profundo dolor, al igual que su padre, que perdió temporalmente la razón. Frida pasó mucho tiempo con él, dándole conversación y llevándolo a pasear. Él es el autor del retrato Frida Kahlo después de la muerte de su madre, 1932, tomado un mes después del fallecimiento de su mujer. En este retrato Frida está de luto: lleva un suéter y una falda de lana negra, el pelo recogido con un pequeño lazo negro, sin joyas. Sus uñas, que solía llevar muy cuidadas, están rotas y mordidas y su cara muestra una expresión atormentada; sin vida excepto en sus ojos que están llenos de un oscuro dolor…

Photo por Lola Álvarez Bravo


Para Frida, la ropa era un modo de comunicarse con el mundo exterior, y todos los días seleccionaba de su repertorio los elementos que mejor representaban la imagen que deseaba proyectar. Los que gozaron del privilegio de verla vestirse describen el proceso como una mezcla de ritual ceremonial y creación de una obra de arte… Para ello, escogía lo que se iba a poner de su armario abarrotado de ropa de todas las regiones del país. Probaba las más diversas combinaciones de faldas, blusas, cinturones, vestidos, chales, enaguas, todos ellos de los más variados colores y texturas, más los zapatos, que iban desde botas de vaquero con la punta alargada, a huaraches, e incluso, en una concesión a estilo occidental, zapatos tipo salón con un tacón de más de diez centímetros. A veces tardaba horas en vestirse mientras elegía y combinaba cuidadosamente las distintas prendas para asegurarse que todo estaba en perfectas condiciones. No tenía ningún reparo en hacer los últimos retoques con una aguja y un hilo cuando ya estaba vestida, o para pedirle a un criado que volviera a planchar una prenda porque tenía una minúscula arruga. Y si no estaba completamente convencida del resultada final, pedía su opinión a personas en las que confiaba. Todo el proceso volvía a comenzar si les parecía que no estaba perfecta.

A continuación, elegía las joyas que tanto le gustaban y con las que Diego la cubría, como collares precolombinos de enormes cuentas de jade, largas cadenas de oro que podrían haber pertenecido a una princesa Azteca, sencillas hileras de cuentas que había comprado en un mercado y enormes anillos que decoraban todos y cada uno de sus dedos. El maquillaje también era una parte fundamental de la creación de Frida y lo utilizaba copiosamente, aunque con mucha habilidad, como el esmalte de unas que podía ser de color verde, morado o rojo pasión, según la ropa que llevara.

Photo por Nickolas Muray

Pero lo más espectacular del proceso era cómo peinaba su larga y morena melena que a menudo arreglaba en distintos estilos indígenas. Se trataba de un ritual tan sensual y seductor, que a algunos de sus amantes y amigos más íntimos les encantaba presenciarlo. Durante uno de sus viajes a los Estados Unidos, Julien Levy, el dueño de la galería del mismo nombre, realizó unas magníficas fotografías de Frida de torso desnudo peinándose. Después de cepillarse el pelo hasta que brillaba, se lo recogía y lo trenzaba. A continuación, se colocaba extensiones de lana teñida en lo alto de la cabeza, al estilo de las mujeres de la región Otomí, o bien se ataba lazos en el pelo, lo fijaba con peinetas de carey o lo adornaba con flores naturales. Parece que retorcer y recogerse dolorosamente el pelo le producía un placer perverso; se clavaba peinetas en el cuero cabelludo y se ataba lazos hasta que conseguía el efecto dramático que buscaba.

Parece que retorcer y recogerse dolorosamente el pelo le producía un placer perverso; se clavaba peinetas en el cuero cabelludo y se ataba lazos hasta que conseguía el efecto dramático que buscaba. Al final del este complicado proceso, Frida había conseguido escenificar una verdadera obra dramática. Cuando se preparaba para una sesión fotográfica, el fotógrafo tenía la posibilidad de elegir entre una gran variedad de accesorios y fondos. Muchos de ellos utilizaron la Casa Azul, que era otra creación de Frida, donde reinaba la iconografía mexicana. Otros preferían sus mascotas o sus cuadros, al lado de los cuales posaba con la paleta y el pincel en las manos.

Photo por Gisèle Freund

Fue en los últimos anos de su vida cuando más se esforzó por esconder sus dolores y su deterioro físico utilizando trajes y maquillajes recargados y peinados cada vez más lujosos. Con algunas escasas excepciones, todavía se las arreglaba para conseguir una imagen elaborada con la que posar ante el lente de la cámara. En unas de las fotografías de esa época, su desbordante personalidad está escondida bajo una ajustada mascara, pero sus ojos buscan al espectador con una mirada que no ha perdido ni un ápice de su orgullo desafiante ni de su atractivo.

La última fotografía, Frida Kahlo en su lecho de muerte, 1954, la tomó Lola Álvarez Bravo después de que ella misma, junto con otros amigos íntimos de Frida, vistieran el cadáver de la artista. Siguiendo sus instrucciones, le pusieron su huipil blanco con las borlas ceremoniales del Yalalag y una falda larga y oscura. Le recogieron el pelo con lazos y flores y le pusieron sus collares de coral y jade. Le pintaron las uñas de rojo fuerte, como le gustaba, y adornaron todos y cada uno de sus dedos con sus anillos favoritos. En esta última fotografía se conserva la imagen de Frida Kahlo, el icono. Incluso muerta, Frida se las arregló para estar tan elegante como le hubiera gustado. Sin embargo, la mujer que se esconde detrás de la leyenda sigue siendo igual de escurridiza. Al final, triunfó “la gran ocultadora”.
 
 
 
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